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Personas y sociedad internacional.

 
Óscar Álvarez
 

 Las personas deben ser el centro y el fin de la sociedad internacional. El mundo no debe estar al servicio solamente de los estados, de las organizaciones internacionales o de las empresas, sino en primer lugar al servicio de las personas. Ese es el camino para avanzar hacia una sociedad global más humana y hacia la realización del bien común universal.

El siglo XX fue el más violento de la historia humana, si lo juzgamos por el número de guerras y de víctimas de las guerras. Fue también el siglo de los totalitarismos y de los campos de concentración. Se hizo culto a la “raza superior” y al estado. Como diría Ortega y Gasset el ser humano se hizo “hombre masa”.

El siglo XXI debería ser el siglo más pacífico, el más centrado en el bienestar y en el desarrollo de la personas.

Para ello la sociedad internacional debería ser regida por los valores universales de la libertad, la justicia, la democracia, los derechos humanos y la paz. El desarrollo y la seguridad deberían convertirse en realidades para todos los pueblos del mundo.

Todas las naciones deberían avanzar, cada vez más, hacia un desarrollo humano integral, es decir económico, social y cultural. Ello sólo será posible con una economía cada vez más libre, social y ecológica que permita una lucha efectiva y no sólo retórica contra el desempleo, la pobreza y la mala calidad de vida.

En la actual época histórica se ha demostrado una y otra vez que esas economías libres, solidarias y ecológicas constituyen los medios más eficaces para aumentar la producción, el crecimiento económico, la equidad y las oportunidades de empleo.

En un mundo que independientemente de nuestra voluntad y nuestras intenciones ya es globalizado, los países no pueden subsistir sólos sin rezagarse en su crecimiento y en su desarrollo. Por eso una de las tendencias más fuertes e incontenibles a nivel mundial es la tendencia de las naciones a integrarse en bloques y en tratados de libre comercio. Esta tendencia ha demostrado ser un medio efectivo para favorecer el intercambio comercial, la atracción de inversiones, el crecimiento económico, las oportunidades de empleo y la reducción de la pobreza. 

Los conflictos internacionales amenazan la estabilidad económica, la seguridad, la paz y hasta las posibilidades de desarrollo. Por eso la sociedad internacional debe invertir más recursos y esfuerzos en la diplomacia como medio para la prevención y solución pacífica de los conflictos. Este es un tema sobre el que se ha escrito y se ha hablado mucho, pero sobre el que se hace muy poco. Es urgente que los organismos internacionales, los estados, los organismos no-gubernamentales y los individuos trabajen más activamente en la búsqueda, consecusión, mantenimiento y preservación de la paz, especialmente de la paz que nace de un ambiente de concordia, reconciliación y justicia.

En esa diplomacia de la paz, no sólo son esenciales los caminos alternativos de solución de conflictos, la construcción de consensos, la creación de zonas de paz, la ejecución de medidas de confianza mutua y los procesos de desarme negociado, gradual y equilibrado, sino el fortalecimiento de la cooperación internacional.

 Esa diplomacia de la paz incluye también la promoción de la seguridad humana y democrática como vía más integral y equilibrada para promover la seguridad de las personas ante las nuevas amenazas de la sociedad global tales como el terrorismo, la corrupción, el crimen organizado, el narcotráfico, las epidemias, las calamidades naturales y la degradación del ambiente.

El mejor modo para avanzar en desarrollo, en paz y en seguridad humana es poniendo a las personas en el centro de atención de los asuntos internacionales. Ese es el camino para la construcción de una sociedad mundial más humana y para realizar el bien común universal.

 



 
 
 
 
 

 

 
 
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