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Personas, estado y mercado.

 
Óscar Álvarez
 

 Las personas deben ser el centro de la vida social y política.

El estado y el mercado pueden ser medios al servicio de un fin que son los seres humanos.

Durante el último siglo la historia de las ideas se ha estado moviendo como un péndulo desde el culto al estado en sus diferentes manifestaciones hasta el culto al mercado y viceversa. Cuando se expresaron los problemas del estatismo, surgió la tendencia  de buscar desesperadamente en el mercado la solución a todos los males y cuando se descubrieron los límites y las realidades del mercado, entonces, algunos sueñan con el regreso al estatismo. Es un proceso pendular, bastante natural, especialmente en países en vías de desarrollo que buscan incesantemente la panacea para entrar al primer mundo.

Y sin embargo, todos los casos exitosos de desarrollo económico durante el siglo XX, constituyeron mezclas, combinaciones diversas entre las acciones del estado y la operación del mercado. Tal es el caso de Japón, los Cuatro Tigres Asiáticos, Australia y Nueva Zelanda, para mencionar unos cuantos.

En la cultura milenaria china se dice que la sabiduría está en el equilibrio y el complemento  entre los contrarios, entre el ying y el yang. No hay nada más absurdo que ponerse a escoger entre lo femenino y lo masculino,entre el estado y el mercado, cuando ambos ( Ying y Yang ) son indispensables para avanzar hacia lo más importante: el desarrollo humano y la calidad de vida de las personas. Tanto la idolatría del estado, propia de los sistemas totalitarios y colectivistas, como la idolatría del mercado terminan sacrificando al ser humano en el altar del fundamentalismo.

En las sociedades de hoy ningún estado podría funcionar sin una economía  de mercado, salvo quizás en la más completa pobreza y hambruna, como lo ilustra el caso de Corea del Norte. Aún países que se siguen definiendo como marxistas, tales como la República Popular China y Viet-Nam han introducido variantes de economía de mercado. Por otra parte, todos los casos de sociedades más o menos exitosas en el campo del desarrollo humano funcionan con economías de mercado. Tales son los ejemplos de Canadá, la mayor parte de Europa, Australia, Nueva Zelanda, los países nórdicos y los Estados Unidos de América.

Pero a su vez toda economía de mercado requiere de un marco jurídico, de un imperio del derecho, de un ente coordinador y gestor del bien común, de una instancia que incluya en su agenda los temas que jamás resolvería una pura lógica de mercado, especialmente en áreas como el ambiente, la salud, la educación, la seguridad, la política exterior y la cultura.

Lograr un equilibrio y una coordinación entre el sector público y el sector privado, entre un estado moderno, eficaz e inteligente y una economía humana de mercado, tanto competitiva como cooperativa, que trabajen conjuntamente hacia el desarrollo humano es tarea de nuestra época. Un estado de la era del conocimiento y una economía de la coopetencia deben trabajar en armonía por el bienestar humano.

Al respecto, así lo han hecho ya muchos países y lo siguen haciendo al avanzar por diferentes senderos; así como también siguen existiendo naciones que constituyen ejemplos de extrema incapacidad para avanzar y continúan funcionando terriblemente mal, sea por rumbos de culto al estado, de culto al mercado o de simple indefinición permanente o de zigzagueantes e ineficaces movimientos de un extremo a otro, lo cual  constituye, tal vez, el sendero más seguro para el retroceso y el fracaso.

No hay, desde luego paraísos económicos o políticos ni sistemas humanos perfectos, ni modelos aplicables para todos los tiempos y lugares, pero sin duda si hay países que han avanzado mejor y otros que se quedaron más rezagados, constituyendo toda una escala desde los mejores hasta los peores pasando por los intermedios.

Aprendamos, entonces,  tanto de los mejores y de los intermedios,  como de los peores, para no seguir su camino. Pero en todo caso, una actitud mental de centro, abierta al aprendizaje, sin prejuicios ni dogmas, es más aconsejable en nuestros tiempos para aprender de los demás, de nuestros propios errores y éxitos y para enrumbar nuestros países hacia niveles superiores de desarrollo humano y calidad de vida.

El futuro promisorio no parece estar en los fundamentalismos, sean estos de estado o de mercado, sino en un humanismo abierto a considerar al estado y el mercado como realidades sociales perfectibles y medios complementarios de nuestro tiempo histórico para avanzar hacia lo más importante: el desarrollo, el crecimiento, material y cultural, de las personas.

 
 
 
 
 

 

 
 
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