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Liberalismo político

 
Óscar Álvarez Araya, Ph.D.
 

Con justicia se ha calificado al inglés John Locke como el Padre del liberalismo político. En su Ensayo sobre el gobierno civil (1690)  introdujo toda una nueva visión sobre la política que constituyó un verdadero salto hacia adelante en la historia del pensamiento social: su doctrina política trató de legitimar la revolución liberal inglesa de 1688. Es decir que su teoría iba atrás de los acontecimientos que en su patria dieron lugar a una monarquía constitucional y  parlamentaria que constituía entonces una novedad.

Para Locke el peor gobierno es la monarquía absoluta o tiranía que era el predominante en su época ( con las excepciones de Holanda e Inglaterra ) y que según su criterio consistía en el ejercicio del poder fuera de la ley.

En la monarquía absoluta el poder estaba concentrado en una persona, el rey o la reina, quien hacía las leyes, las ejecutaba y también juzgaba en nombre de la ley. Ante esa realidad política predominante en la Europa del siglo XVII, propugna la suscripción de un pacto social como medio para fundar una sociedad civil en la que nacerá un gobierno representativo de la mayoría en el marco de la ley.  En ese gobierno, sin embargo, la minoría deberá ser respetada, conservar sus derechos, y eventualmente podrá convertirse en mayoría.  

El gobierno civil se diferencia de la monarquía absoluta en varios sentidos: nace de la voluntad de la mayoría y no de la herencia dinástica, representa a la comunidad política y no a una casa reinante y se mueve dentro de la ley y no dentro de la arbitrariedad y la intolerancia de un monarca todopoderoso.

La preocupación central de Locke es como sustituir a las monarquías absolutas que eran vistas entonces como la forma legítima de gobierno por un tipo de gobierno nuevo, desconocido en su tiempo y basado en el supuesto de que la mayoría de ciudadanos iguales entre sí debía prevalecer sobre el gobierno de uno sólo.  

Para frenar o sustituir el poder del monarca absoluto propuso varios caminos:

En primer lugar el pueblo debe ser el soberano aunque delega esa soberanía en los poderes legislativo y ejecutivo. En segundo lugar los poderes del estado deben estar divididos para evitar que se concentren en una sola persona. En tercer lugar ante el poder ilimitado de la monarquía absoluta ha de introducirse un estado de derecho que garantice al menos tres derechos naturales esenciales, el derecho a la vida, el derecho a la libertad y el derecho a la propiedad de los ciudadanos. En la sociedad civil los ciudadanos dejan atrás la libertad natural de la que disfrutaban en el estado natural y pasan a vivir en la libertad civil, que es una nueva forma de libertad dentro de la ley.

Con este tipo de ideas que hoy nos suenan tan sencillas y comunes Locke se convirtió en el fundador del liberalismo político y en doctrinario de las democracias representativas modernas, comenzando por su confirmada influencia en la Declaración de Independencia y en la Constitución de los Estados Unidos de América.

Uno de sus discípulos fue el francés Barón de Montesquieu, especialmente en su célebre capítulo sobre la división de poderes de su obra cumbre “El Espíritu de las leyes.” Montesquieu apunta también contra el absolutismo que se caracterizó por la concentración del poder en un solo individuo: “el Estado soy yo”.

Su propuesta de la división de poderes tiene un objetivo muy claro y explícito: lograr la libertad política y evitar la tiranía. Establece la división de poderes pero además señala que cada poder debe servir de freno o contrapeso a los demás. Así por ejemplo el ejecutivo puede vetar las leyes del legislativo y éste puede y debe examinar y controlar las acciones del ejecutivo dando como resultado un balance o equilibrio que hace posible la libertad política.

El liberalismo de Montesquieu no llegó a proponer la república democrática, fue más bien un liberalismo moderado propio de un aristócrata que se conformaba con una monarquía parlamentaria, pero de todos modos sus ideas contribuyeron de manera significativa a minar el antiguo régimen autocrático de los reyes y fueron muy influyentes en el clima ideológico que precedió a la Revolución Francesa de 1789.

Tanto Locke como Montesquieu fueron clásicos de un liberalismo político ascendente que para bien de Europa y de la humanidad destronó a las nefastas monarquías absolutas inspiradas generalmente en el Derecho Divino de los Reyes.

Hay que releer a los grandes del pensamiento político para comprender mejor el surgimiento de nuevas monarquías absolutas disfrazadas de un hiperpresidencialismo autoritario que opera dentro de la democracia, tal y como sucede hoy en Venezuela y Nicaragua.

 
 
 
 
 

 

 
 
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